sábado, 23 de julio de 2011

Complicidad

Sus ojos negros miraban lenta y distraídamente el interior del vagón mientras cruzaba las puertas. Cuando se encontraron con los míos, sentí un cosquilleo y aparté la vista. La oscuridad exterior era interrumpida por pequeñas luces alineadas en la pared del túnel. Sin embargo, la tentación fue más grande que la vergüenza y lo espié por el reflejo de la ventana. Miraba por la otra ventana a las personas del andén vecino. Suspiré. El asiento de en frente se desocupó y me sente de espaldas a mi desconocido amigo. Entonces, ocurrió algo extraño. Sentí como un par de manos, suave pero decididamente, comenzaban a acariciarme el pelo. No necesité voltear la cabeza para saber que era él. El corazón me latía con fuerzas y mi respiración se aceleró. Quería gritarle mi nombre, gritarle que lo amaba, que me llevará con él. Pero el destino es cruel y cuando el tren se detuvo, supe que el fin había llegado. Triste y lentamente me levanté y pasé a su lado. Junté un poco de coraje y me atreví a levantar la mirada, justo a tiempo para ver como me sonreía. Respondí tímidamente a la sonrisa y corrí antes de que las puertas se cerraran. Ya en el andén, vi por la ventana como él me seguía sonriendo. Entonces el tren partió, llevándose con él una sonrisa que no volveré a ver más que en sueños.

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