Te sueño en las noches
tu cuerpo y el mio
reiniciando caricias
ahogando suspiros
que nacen y vuelan
como aves oscuras.
Dibujas en mi espalda
un mar de besos
sumergiéndonos en aguas
de deseo infinito.
Tu mano recorre
un cuerpo que se entrega
sin tapujos ni temores
porque es tuyo
porque es mio.
Nuestras bocas se unen
en un coro de gemidos
que callamos con un beso
que parece ser eterno.
Pero todo se esfuma
al siguiente momento
tu fantasma, mis suspiros,
los gemidos de ambos.
Porque lo que sigue
puede ser solo contigo.
Alcanzar las estrellas
y volver en un grito.
Sesiones con el espejo
domingo, 1 de enero de 2012
domingo, 27 de noviembre de 2011
La cordillera. Parte 8
Colgaba. El agua le golpeaba fuertemente en el rostro. Los dedos le dolían como nunca. Pero no se iba a rendir.
Observó su entorno. Buscaba algo de que más afirmarse. Una piedra, un tronco, lo que fuera. Nada. Sintió angustia, pero intentó mantener la calma. Buscó nuevamente y la vio. Bajo ella, lograba vislumbrar una roca. Sabiendo que era su única opción, se dejó caer.
Y nuevamente el dolor. Más sangre de su herida, pero no le importaba. Estaba viva y sabía como bajar. Busco nuevamente y vio esta vez dos rocas alineadas en diagonal bajo ella.
Cayó y cayó, cada vez más cerca de la tierra fértil. Con cada nueva piedra se sentía más viva, como si el dolor que le produjese se transformara en adrenalina.
Se detuvo. Miró abajo. Un salto más y caería nuevamente al río. Sin embargo, no se dejó caer. Tomó todo el impulso que pudo y saltó hacia una orilla.
Cayó con un golpe seco que le machacó todos los huesos. Se quedó ahí, quieta, mirando el cielo que ahora le parecía tremendamente lejano. Probablemente estaba a miles de kilómetros de su hogar, pensó, pero la idea no le preocupó. De pronto supo que no quería volver ahí.
Sonrió, por primera vez en años. Ya no quería ser arrastrada sin saber a donde ir. Caminó sintiendo la suavidad de la hierba, pensando que quizás, encontraría algún día una aldea donde vivir. O tal vez, se quedaría en algún bello lugar para siempre. No lo sabía. Solo sabía que de ahora en adelante, ella trazaría su propio camino.
Observó su entorno. Buscaba algo de que más afirmarse. Una piedra, un tronco, lo que fuera. Nada. Sintió angustia, pero intentó mantener la calma. Buscó nuevamente y la vio. Bajo ella, lograba vislumbrar una roca. Sabiendo que era su única opción, se dejó caer.
Y nuevamente el dolor. Más sangre de su herida, pero no le importaba. Estaba viva y sabía como bajar. Busco nuevamente y vio esta vez dos rocas alineadas en diagonal bajo ella.
Cayó y cayó, cada vez más cerca de la tierra fértil. Con cada nueva piedra se sentía más viva, como si el dolor que le produjese se transformara en adrenalina.
Se detuvo. Miró abajo. Un salto más y caería nuevamente al río. Sin embargo, no se dejó caer. Tomó todo el impulso que pudo y saltó hacia una orilla.
Cayó con un golpe seco que le machacó todos los huesos. Se quedó ahí, quieta, mirando el cielo que ahora le parecía tremendamente lejano. Probablemente estaba a miles de kilómetros de su hogar, pensó, pero la idea no le preocupó. De pronto supo que no quería volver ahí.
Sonrió, por primera vez en años. Ya no quería ser arrastrada sin saber a donde ir. Caminó sintiendo la suavidad de la hierba, pensando que quizás, encontraría algún día una aldea donde vivir. O tal vez, se quedaría en algún bello lugar para siempre. No lo sabía. Solo sabía que de ahora en adelante, ella trazaría su propio camino.
La cordillera. Parte 7
Los últimos minutos antes de caer los pasó recordando su infancia. Su vida no había sido precisamente fácil, pero recordaba haber sido feliz. Con el paso del tiempo comenzó a cambiar y ya no sonreía tan a menudo. Caminaba sin compañía por la aldea, recorriendo sus cultivos, sus montes, sus pequeñas lagunas. Un día simplemente subió una montaña como tantas otras y se perdió. Intentó volver y solo encontraba más y más montañas por todos lados. Vio un pequeño sendero a lo lejos y confió en que la llevaría a su casa. Nunca volvió.
Comenzó a caer. Las lágrimas en su rostro se mezclaban con el agua de la cascada, impidiendole ver bien. Sin embargo, con los ojos semicerrados logró distinguir una forma acuosa y verde. Abrió los ojos completamente, sintiendose burlada por el destino. Bajo ella, había un hermoso valle.
¿Y ahora qué? ¿Morir, viendo la esperanza de volver a su tierra? Sin embargo...¿Cómo salir de allí?
Su salvación vino 10 metros después. Una roca filosa sobresalía de la cascada. Se afirmó con todas sus fuerzas a ella, sintiendo como su mano sangraba y sus dedos se aplastaban.
Pero tenía una esperanza. Quería vivir. Y lucharía con todas sus fuerzas por ello.
Comenzó a caer. Las lágrimas en su rostro se mezclaban con el agua de la cascada, impidiendole ver bien. Sin embargo, con los ojos semicerrados logró distinguir una forma acuosa y verde. Abrió los ojos completamente, sintiendose burlada por el destino. Bajo ella, había un hermoso valle.
¿Y ahora qué? ¿Morir, viendo la esperanza de volver a su tierra? Sin embargo...¿Cómo salir de allí?
Su salvación vino 10 metros después. Una roca filosa sobresalía de la cascada. Se afirmó con todas sus fuerzas a ella, sintiendo como su mano sangraba y sus dedos se aplastaban.
Pero tenía una esperanza. Quería vivir. Y lucharía con todas sus fuerzas por ello.
La cordillera. Parte 6
Soñó con su aldea. Se vio de nuevo sentada a la sombra de un árbol viendo a los niños jugar. Sobre ella las aves cantaban mezclandose con las risas de los niños en un bello coro. El sonido lentamente se transformo en un rugido. Rápidamente desaparecieron los niños, el árbol, las aves. Se encontró sola en medio de la aldea desierta, con sus pequeñas casas en ruinas. Desesperada buscó en vano la fuente de ese rugido. Entonces intentó descifrarlo. No era un animal. No. Era como...como...agua... Entonces vio como la aldea poco a poco se iba transformando en una laguna gigante. Pero no era el sonido de agua quieta. Era como si el agua estuviera en movimiento...¡Eso era! El agua estaba cayendo.
Despertó sobresaltada, sabiendo que estaba en peligro. Se acercaba rápidamente a una cascada. Comenzó a nadar hacia una orilla, pero se detuvo de inmediato. ¿Qué sentido tenía? Estaba quién sabe donde perdida desde hace años sin saber a donde ir, dejandose llevar por un estúpido río. ¿Por qué no terminar con todo de una vez?
Así que sin dudarlo, cambió de rumbo y nadó en dirección a su fin.
Despertó sobresaltada, sabiendo que estaba en peligro. Se acercaba rápidamente a una cascada. Comenzó a nadar hacia una orilla, pero se detuvo de inmediato. ¿Qué sentido tenía? Estaba quién sabe donde perdida desde hace años sin saber a donde ir, dejandose llevar por un estúpido río. ¿Por qué no terminar con todo de una vez?
Así que sin dudarlo, cambió de rumbo y nadó en dirección a su fin.
domingo, 16 de octubre de 2011
La caracola
Caminó en medio de la sombría habitación en dirección a la chimenea. Las llamas que iluminaban el lugar apenas servían para distinguir las formas de los objetos. Con cierta actitud ceremonial tomó una pequeña caja de madera y la observó, acariciando el delicado grabado sobre su superficie. Cerró los ojos por un momento evitando derramar una lágrima. Cuando los abrió, sus ojos seguían vidriosos.
Con lentitud levantó la tapa de la caja y sacó de su interior una caracola. Dejó la caja sobre la chimenea y acercó la concha a su oído. El espíritu marino le transportó por un momento a la orilla de una playa casi desértica. Casi, porque junto a él, se encontraba otra persona. Una morena de ojos verdiazules caminaba a su lado escuchando los sonidos de las olas. De pronto se detuvo y recogió una pequeña caracola. Sonrió admirándola y se la regaló a él, dándole un pequeño beso en los labios.
Se llevó un dedo a los labios. Tantos años desde aquello, desde que el mar se la había llevado al caer desde una roca. Pero su espíritu seguía ahí, viviendo en esa pequeña caracola, transportandolo al atardecer en que le juró que la amaría mientras sostenía en una mano la caracola y con la otra abrazaba su cintura.
Cerró nuevamente los ojos. Vio un par de ojos verdiazules sonriéndole mientras sentía la calidez de un beso en sus labios.
Con lentitud levantó la tapa de la caja y sacó de su interior una caracola. Dejó la caja sobre la chimenea y acercó la concha a su oído. El espíritu marino le transportó por un momento a la orilla de una playa casi desértica. Casi, porque junto a él, se encontraba otra persona. Una morena de ojos verdiazules caminaba a su lado escuchando los sonidos de las olas. De pronto se detuvo y recogió una pequeña caracola. Sonrió admirándola y se la regaló a él, dándole un pequeño beso en los labios.
Se llevó un dedo a los labios. Tantos años desde aquello, desde que el mar se la había llevado al caer desde una roca. Pero su espíritu seguía ahí, viviendo en esa pequeña caracola, transportandolo al atardecer en que le juró que la amaría mientras sostenía en una mano la caracola y con la otra abrazaba su cintura.
Cerró nuevamente los ojos. Vio un par de ojos verdiazules sonriéndole mientras sentía la calidez de un beso en sus labios.
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