domingo, 27 de noviembre de 2011

La cordillera. Parte 8

Colgaba. El agua le golpeaba fuertemente en el rostro. Los dedos le dolían como nunca. Pero no se iba a rendir.
Observó su entorno. Buscaba algo de que más afirmarse. Una piedra, un tronco, lo que fuera. Nada. Sintió angustia, pero intentó mantener la calma. Buscó nuevamente y la vio. Bajo ella, lograba vislumbrar una roca. Sabiendo que era su única opción, se dejó caer.
Y nuevamente el dolor. Más sangre de su herida, pero no le importaba. Estaba viva y sabía como bajar. Busco nuevamente y vio esta vez dos rocas alineadas en diagonal bajo ella.
Cayó y cayó, cada vez más cerca de la tierra fértil. Con cada nueva piedra se sentía más viva, como si el dolor que le produjese se transformara en adrenalina.
Se detuvo. Miró abajo. Un salto más y caería nuevamente al río. Sin embargo, no se dejó caer. Tomó todo el impulso que pudo y saltó hacia una orilla.
Cayó con un golpe seco que le machacó todos los huesos. Se quedó ahí, quieta, mirando el cielo que ahora le parecía tremendamente lejano. Probablemente estaba a miles de kilómetros de su hogar, pensó, pero la idea no le preocupó. De pronto supo que no quería volver ahí.
Sonrió, por primera vez en años. Ya no quería ser arrastrada sin saber a donde ir. Caminó sintiendo la suavidad de la hierba, pensando que quizás, encontraría algún día una aldea donde vivir. O tal vez, se quedaría en algún bello lugar para siempre. No lo sabía. Solo sabía que de ahora en adelante, ella trazaría su propio camino.

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