Silencio. Calma. Dolor. Sangre. Abrió los ojos.Un hilo carmesí la conectaba a un roca que se alejaba paulatinamente. Miró su hombro izquierdo. Había parado de sangrar, pero no de dolerle. Decidió continuar. Caminando o nadando, las piedras siempre existirían.
Pasaron los días. Las cicatices en su cuerpo daban testimonio de que las piedras se habían vuelto a cruzar en numerosas ocasiones. Muchas más que cuando caminaba por aquel sendero solitario. El miedo la invadió. ¿Había cometido un error? Y sin embargo, había avanzado mucho más de lo que podría haber recorrido en meses de caminata. ¿Qué hacer entonces? Intentó nadar, guiar su rumbo, pero la corriente la arrastraba sin tregua.
Al final, derrotada, se dejó llevar nuevamente, ignorando el precipicio al cual era arrastrada.

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